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lunes, 22 de abril de 2024

Micro reseña 121: "Perispíritu", de Adam Surray (1975)


 

14 de diciembre de 2024

Alucinante es poco.

Ya, ya, ya sé que Adam Surray (nacido José López García en 1943) tiene unos cuantos detractores por su estilo de frases no cortas, sino tijereteadas y luego cosidas con puntos y saltos de párrafo que no tendrían que ser más que simples comas. Vale, ¿y qué? Es un estilo cortante, como sus puñeteras historias, sean del género que sean: están afiladas y hay que leerlas con cierto cuidado, pues pueden herir sensibilidades o dejarte las manos y los ojos llenos de espinas de cactus. Y esas heridas se emponzoñan con rapidez.

El caso es que Surray, con ese estilo que, salvando las distancias, recuerda al del mucho más actual James Ellroy (Ellroy empezó su carrera en 1981, es decir, pocos años antes de que Adam Surray le pusiera la funda a su máquina de escribir), cuenta unas historias tan locas que es imposible no engancharse a ver qué cojones le va a suceder a la siguiente chica o al siguiente incauto que se vaya a topar con el psicópata: ¿les tocará motosierra, martillo, navaja, electrocución, disparo en la cara con bala dum-dum? ¿Algo más sofisticado, ya que estamos en el futuro, concretamente en "los albores del año 2000", como sucede en Perispíritu?

José López García, alias Adam Surray.

Como muchos otros de sus contemporáneos, Surray no fue capaz de vaticinar la Caída del Muro de Berlín ni la disolución de la URSS, de manera que, en su futuro, los soviéticos seguían siendo una gran potencia, en compañía de USA, la Gran China y de ¡la Unión Europea!, que así la denomina el autor en esta novela publicada en julio de 1975. En fin: está claro que se puede ser visionario, aunque sea sólo a medias...

Perispíritu (nº257 de La Conquista del Espacio, de Bruguera) es una amalgama impensable de ciencia ficción futurista -tenemos el ambientillo de la estación espacial y de los ultramodernos vehículos, como los turboflites, que ya aparecen en otras obras de Surray (Amor y muerte en la tercera fase, por ejemplo)-, giallo italiano con psicópata asesino en serie, invasión de ultracuerpos (o de polimorfos, que no son lo mismo, aunque se parecen), y un poco de teoría new age del espiritismo y la espiritualidad (otras dos cosas que se parecen, pero que no, no son lo mismo). La trama es policíaca, y los agentes de la ley son idénticos a los del siglo XX: están de vuelta de todo, no tienen problema con el abuso de poder (la violencia es patrimonio de los Estados, no lo olvidemos), y persiguen a los malos con implacable convicción, digna de los federales que describía Curtis Garland.


A este batiburrilo vamos a sumarle la existencia de un personaje de cómic en la ficción (una metaficción), dibujado por un autor llamado Ernest Jayston y crado por su hermana Lilith, guionista: Supersatán. Y además, sabemos que en el futuro, además de comic-books hay comic-videos. Y el horripilante, malvado, infatigablemente cruel personaje de Supersatán es el protagonista de toda una serie de historias narradas en dichos formatos: tebeos de papel de toda la vida, y tebeos convertidos en vídeos.

Vamos por partes: "tebeos convertidos en vídeos". Eso lo vimos hace veinte o treinta años, cuando se editaron algunos DVDs que llevaban Watchmen o Conan o El Capitán Trueno o yo qué coño sé, con imágenes fijas que se movían y textos leídos, y musiquita. Un exitazo de ventas y público que dejó de existir a los treinta o cuarenta segundos de existir. Pero, mira: Surray lo predijo.

Y luego: "Supersatán". O sea, ¡Supersatán! ¡Protagonista de tebeos (y de vídeo-tebeos)! ¡Un personaje que es "sólo un hombre que usa toda su capacidad mental para hacer el mal", o algo por el estilo! A priori, uno se imagina a Fantômas, pues encaja con la descripción, y quizá no vayamos desencaminados. Pero es que Supersatán es de los de motosierra, adminículo forestal muy caro a Surray. Probablemente, Supersatán es una versión moderna de Satanik, por ejemplo. Pero en fin: todos estos psicópatas asesinos no dejan de ser nietos de Fantômas.

¿Y qué pinta Supersatán en esta historia? ¡Ah, amigos, ahí es cuando tendrán que buscarla y leerla, porque yo no pienso decir ni una palabra más!

¡Viva Adam Surray y sus disparatados giallos espaciales!

 

miércoles, 18 de octubre de 2023

Micro Reseña 113: La muerte ríe de noche (Punto Rojo nº950), de Curtis Garland


 

16 de septiembre de 2023

Me he zampado esta novelita en dos o tres sentadas, en el margen de 24 horas, lo cual es bueno. Lo que no es tan bueno es que no resista la comparación con La muerte que ríe (1985), del mismo autor y casi homónima. Es el problema de haber escrito casi 2.000 novelas: que las mejores se comen a las otras. O quizá eso no sea un problema, sino todo lo contrario.

El escritor neoyorquino Barry Scoffield, experto en misterios detectivescos literarios y continuador de Conan Doyle, Agatha Christie, Earl Derr Biggers y otros muchos, descubre en La muerte ríe de noche que, al contrario de lo que pensaba, los crímenes reales pueden ser tan absurdos, retorcidos, enmarañados e irresolubles como los de sus existosas ficciones. (Scoffield, por supuesto, pasa a engrosar la plantilla de nuestra Biblioteca de Babel, aunque no conocemos el título de ninguna de sus obras, ni siquiera de las más famosas).

Una noche, durante la cual el escritor y su bellísima y riquísima (en todos los sentidos) esposa están discutiendo civilizadamente los términos de su separación (por puro desamor o desapego), suena el timbre de la puerta. Scoffield va a abrir y se encuentra con el teniente Morgan Fry del Departamento de Homicidios de New York. Está allí porque una llamada anónima ha avisado del asesinato de la señora Scoffield. Barry se echa a reír, deja entrar al sabueso y procede a mostrarle a su ilesa mujer. Sin éxito, pues Sheila Scoffield se halla veinticinco pisos abajo, en mitad del asfalto, convertida en papilla. O ha saltado, o se ha caído, o la han empujado por encima de la baranda de la terraza.

El misterio está servido, y el hecho de que al mismo tiempo, en el piso inferior, se estuviera celebrando una fiesta de disfraces a la que había asistido un desconocido ataviado con máscara y traje de Jolly Joker, el comodín de la baraja francesa, lo complica todo. Cualquier solución lógica al misterio, más allá de que Barry haya matado a su mujer para heredar su fortuna, resulta mucho más increíble, improbable, que la de la más floja de las novelas de Scoffield.

Lo que el lector no puede saber, claro está, es que la verdadera solución, la real, es todavía más inverosímil. Y ahí está el gran Curtis Garland para hacernos tragar lo intragable, sin darnos ni tan siquiera un vasito de agua o un poco de respiro para que nos hagamos a la idea de que esta historia va a ser un auténtico disparate. Cosa que, por otro lado, importa poco, pues nos ha llevado a través de 96 páginas en las que el protagonista y narrador resulta ser un detective amateur incompetente, y el único Sherlock Holmes (en palabras de Scoffield) de la historia es la joven, guapa, atractiva, inteligente, intrépida, hábil, dispuesta y apasionada vecinita de Barry, Vivian, que ha leído todas las novelas del autor y permiso para salir de casa a altas horas de la noche.

Muy entretenida novela de Juan Gallardo Muñoz, con una impresionante portada de Jorge Sampere, en la que collagea con una carta del tradicional comodín. Se publicó en julio de 1980.

domingo, 17 de septiembre de 2023

Micro Reseña 112: Mi última novela (Punto Rojo nº618), de Curtis Garland


10 de septiembre de 2023

Duncan Roberts, fallecido en 1973, fue un autor norteamericano de novelas de suspense, policial y crimen sangriento. No se tenía en gran estima, aunque se consideraba un honrado mercenario de la palabra, como sucedía con sus colegas Rory Casper y Shylo Harding, por citar a algunos nombres conocidos. Mientras estaba concluyendo su penúltima novela, Concierto para el asesino, ya durante la fase de corrección, tuvo lugar una serie de acontecimientos en Santa Bárbara, donde residía, y que él mismo recogió en la que sería su obra postrera y testamento literario. La escribió a contrarreloj y quedó, de alguna manera truncada (ocupa apenas 80 páginas). El título de este trabajo autobiográfico era Mi última novela, y esto es lo que Curtis Garland recoge en el nº618 de la colección Punto Rojo de Bruguera (febrero de 1974): el trabajo póstumo de Roberts, y unas cuantas páginas más, esenciales para comprender cómo y por qué un simple escritor se vio envuelto en una sucesión de horripilantes asesinatos de bellas mujeres (solteras, viudas o divorciadas), y cómo aquello le condujo a una muerte prematura, de la que Roberts tuvo constancia desde hora antes de que el fallecimiento tuviese.

Mi última novela es uno de esos artificios literarios, no demasiado usuales en el mundo del bolsilibro (aunque ejemplos hay para el que sepa buscar), y que servidor considera le daban la vida a Juan Gallardo Muñoz: pequeños retos, audaces desafíos formales y de estilo en donde el argumento esencial de la historia de misterio era un tópico de importancia secundaria frente a la pirueta narrativa.

En realidad, estamos ante una variante del asunto de "manuscrito encontrado" que resultaba tan caro a Curtis, como demuestran títulos de la categoría de El manuscrito del Destripador o El fantasma de Baker Street, por citar dos de los más célebres. Mi última novela (que estaba muy, muy lejos de ser la última novela de Curtis Garland) se lee con sumo agrado e interés, e incluye interesantes reflexiones sobre el oficio de escritor:

"Escribir novelas policíacas no es como hacer literatura de la que luego, buena o mala, sube a la lista de los best-sellers. A veces se escribe mejor. Pero una novela-río, pretenciosa y cargada de afectismos, siempre resulta diferente. Al menos, para el público. Y uno vive del público".

"Yo sólo escribía género de intriga, de misterio. Para vivir de ello decentemente no basta con hacer una al año, sino una al mes. Y a veces, ni aun eso".

Al margen, debemos añadir que las historias de "víctima que cuenta su muerte" también son un tópico de la literatura curtisiana: tenemos títulos tan tempranos como Yo fui asesinado (1954), y otros muchos en las más diversas colecciones y géneros, como Yo, el cadáver (1968), Yo fui ahorcado (1970), Después de morir (1971), Después de mi asesinato (1972), ¿Y después de morir...? (1983), o la fantástica y sobrenatural Pacto... ¡después de morir! (1976), que reeditamos en el volumen DOCTORES DE LO OCULTO. La gracia, en las policíacas, es adivinar cuál es el truco, y en muchas ocasiones nos encontramos artilugios como el de Mi última novela.

No deja de ser interesante que la obra que Duncan Roberts acababa de terminar fuera Concierto para el asesino, que bien podría ser cualquiera de los muchos títulos que Juan Gallardo escribió con el leit motif de "crimen y música", y del que hablábamos en nuestra reseña de Melodía asesina.

A todo esto, la ilustración de portada de Miguel García es magnífica.

lunes, 11 de septiembre de 2023

Micro Reseña 108: "Máscara para el crimen", de Curtis Garland

 

 


4 de abril de 2023

"Me estaba besando. Su cara, aun dañada, seguía siendo muy bonita. Su cuerpo era una delicia bajo mis manos. Y sus pechos, aun quemados por cigarrillos, seguían siendo firmes y deseables. No le respondí con palabras. No hacía falta. Ella no pedía palabras. Sólo hechos".

Un holocausto de incorrección política y justiciera, narrada por un protagonista (Lyman Kearney, presidiario fugado y carente por completo de escrúpulos) con el que las criadas se turnaban para practicar sexo... cuándo él tenía diez años. (Hay un relato escrito por “Johnnie Farragut”, detective privado, que trata exactamente este mismo tema: el de la criada que abusa de un menor. Farragut es un personaje recurrente creado por Barry Gifford, y aparece en las diversas novelas de la serie sobre Sailor y Lula. El relato que cito está incluido en Wild At Heart (1990), es decir, Corazón Salvaje o La historia de Sailor y Lula, que es la primera de esta imprescindible saga. Farragut tiene publicado otro cuento, un homenaje a The Twilight Zone, que también se encuentra en Wild At Heart. Johnnie es otro de nuestros queridos autores de la Biblioteca de Babel: un detective privado que es escritor de corazón).

El argumento: el preso a la fuga fue sentenciado por error, según él, acusado de asesinar a su esposa, y ha salido de la trena para ajustarles las cuentas a todos los hijos de perra que han conspirado contra él. Joder, cómo los odia. Y, joder, qué pena que hasta entonces hubiera sido un actor famoso de rostro perfectamente reconocible para todo el mundo.

En fin, volviendo a sus enemigos, los que mataron a su señora y lo mandaron al trullo: puede tratarse de su turgentísima cuñada, cuya afición por andar desnuda por su casa no está nada mal; de otras damas (igual de turgentes) que se dedican a la prostitución, la pornografía, etc.; de su exsocio en turbios negocios de la noche; del ex de su difunta mujer... Esto lo lleva por los más tortuosos caminos del crimen, y esto incluye una red de películas para pederastas (protagonizadas por niños y chicanos) y de filmaciones snuff, de las que se habla pero sin mencionar el palabro (y esto, en noviembre de 1984, once años antes de que Amenábar filmara la película Tesis). Pero nuestro hombre es un cabronazo DURO DE LA HOSTIA, que se saldrá con la suya sí o sí.

Juicio sumarísimo: salvo por el final precipitado (con fuegos artificiales y lo que haga falta), todo genial y divertidísimo. No sé qué tomó Juan Gallardo ese día, pero yo quiero probarlo.